En la columna ambiental de hoy vemos el rol fundamental de las mujeres en la ciencia y antecedentes de precursoras en materia ambiental.
En la misma época, nos encontramos con la Farmacéutica, Magíster en Ecología de Agua Dulce y Doctora en Zoología, Theo Colborn (1927-2014) quien en sus tesis evalúa insectos acuáticos como indicadores de salud ambiental de ríos por su capacidad de acumular cadmio y molibdeno. Luego, en 1988, a sus 61 años, tras haber trabajado para el gobierno de Estados Unidos empieza a trabajar para la ONG World Wildlife Fund (WWF) donde investiga por qué algunas especies de peces tienen problemas reproductivos en algunas cuencas de su país, sobre todo en los Grandes Lagos. Tras evaluar sus hipótesis con otros y otras expertos/as en el tema, concluyen que las modificaciones al ambiente y la contaminación afectan al sistema endocrino de los seres vivos afectando su reproducción. En 1991 cataloga 500 compuestos con capacidad de afectar el sistema endocrino de los seres vivos. A partir de 2009 empieza a difundir los riesgos químicos del fracking o fracturación hidráulica por medio de su fundación The Endocrine Disruption Exchange (TEDX).
Por supuesto que en Latinoamérica tenemos una basta cantidad de científicas mujeres en pos de la lucha ambiental y su estudio, vamos a ver algunas. Como son Idelisa Bonelly (1931-), Bióloga marina dominicana creadora de la Fundación Dominicana de Estudios Marinos (Fundemar), quien sigue siendo, a sus 83 años, considerada la precursora de la conservación marina en el Caribe. Kathrin Barboza (1983-), Bióloga boliviana quien redescubrió en Bolivia el murciélago Nariz de Espada que se creía extinto desde hacía 72 años. Por último, mencionar a Alicia Fernández Cirelli, Doctora en Química Ambiental argentina e investigadora de CONICET, quien aporta conocimientos en el comportamiento ambiental de microcontaminantes, riesgos potenciales y tecnologías de remediación en la industria agrícolaganadera. La lista es extensa y cada vez más amplia, pero aun falta para poder llegar a una igualdad de género en el ámbito científico. En el mundo, solo el 35% del claustro estudiantil universitario es representado por mujeres. En Latinoamérica, junto con Asia Central, contamos con números más favorables, teniendo un 45% de proporción de investigadoras.
Personalmente, como mujer que pudo estudiar en una universidad pública, laica, gratuita y de calidad, siento que es necesaria más participación y visibilidad de las mujeres en la ciencia. Por eso concluyo esta columna deseando un futuro donde más niñas y mujeres puedan ser reconocidas y vistas en la ciencia.

